El acuerdo con Irán: reflexiones



















Cuántos posts he dedicado a la importancia que tiene que el que las naciones sean gobernadas por individuos óptimo para tomar decisiones, cuántos posts. Hay asuntos en los que esto no tiene tanta trascendencia. Por ejemplo, decidir si se suben o no los subsidios para el cultivo del maíz. Tampoco tiene tanta importancia quitar trabas o no a la introducción de la gallina guineana. Mi tío, siempre aficionado a los canarios en particular, y a las aves en general, tenía una o dos de estas gallinas en su corral. Estaba rebosante de dinero, era empresario, pero pocas cosas le producían tanta satisfacción como sus gallinas. Bien, dejando el tema de los huevos de la gallina guineana (menos blancos y más pequeños), volvamos al asunto del que quería decir algo: la importancia de los buenos gobernantes. El acuerdo con Irán es una de esas decisiones que puede tener inmensas consecuencias, tanto si se firma, como si no se firma. Ninguna de las dos opciones es para echar cohetes. (Sea dicho esto en sentido metafórico.)
Esta es una decisión que para tomarla bien en el Despacho Oval requiere escuchar a la CIA, a los analistas en geopolítica regional, a los grandes estrategas de la política exterior de Estados Unidos y después tomarse tiempo para pensarla y dialogarla con otros jefes de estados, que se supone que habrán tomado tanto interés y tiempo en conocer un asunto complejo donde los haya: porque una u otra decisión pondrá en marcha secuencias distintas de causas y efectos.
Y no tanto porque esté yo pensando que una bomba atómica vaya a explotar en París o Londres, sino porque aquí lo primero que hay que dilucidar es si para evitar que la débil democracia de Irán se convierta en otra Venezuela lo mejor es promover su desarrollo económico o, por el contrario, es mejor mantener la economía de esa dictadura congelada. 

¿Los elementos subterráneos que se mueven bajo la superficie de Irán los favoreceremos con una mejora económica? ¿Más progreso económico significará más apertura a los valores occidentales? ¿O, por el contrario, daremos un balón de oxígeno a un régimen que, además, puede malignizarse en la más que posible etapa venidera de represión de las protestas a favor de la democratización? ¿Hay que conceder ahora esa ayuda o es mejor esperar? ¿Realmente estamos consiguiendo algo con la aceptación de las inspecciones si hay mala voluntad del régimen de Teherán desde el mismo comienzo de las negociaciones? ¿No habría que vincular las negociaciones (por vanas que sean las inspecciones si hay mala voluntad) a algún tipo de apertura (por mínima que sea) del régimen respecto a la oposición? Porque, al final, no lo olvidemos, estamos hablando de dinero. Irán no busca otra cosa.
No voy a explicar aquí cuántos elementos hay sobre el tablero de ajedrez. Nadie puede prever las jugadas que irán más allá de tres o cuatro movimientos. Las jugadas posibles, más allá de cuatro movimientos, se ramifican de un modo que nadie puede saber dónde acabará. Recordemos que, en este ajedrez, las piezas de Rusia y China se mueven con intereses particulares. Y no olvidemos las potencias regionales. El acuerdo impacta con ondas poderosas en toda esta laguna.  Me limito a dejar constancia de eso: la importancia de que nos gobiernen los mejores.

Sea dicho de paso, aunque Trump es casi seguro que ha tomado la decisión de retirarse por razones “muy suyas”, no voy a emplear tiempo y esfuerzo a explicar a qué me refiero, sin embargo, puede que no sea tan mala esa retirada.
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