El estudio orante de la teología


Me ha pedido una persona que hable un poco acerca del estudio orante de la teología, ese estudio que, hace unas semanas, aconsejaba a todos los sacerdotes, para hacerlo durante toda la vida.
Lo primero de todo el lugar. El estudio como oración debe evitar una mesa llena de cosas. Lo mejor es una mesa desnuda, en la que solo esté el papel que se precise y alguna imagen religiosa. La mesa debe respirar limpieza y orden. La imagen religiosa debe inspirar devoción.
Lo mejor es interrumpir cada cuarto de hora el estudio para elevar la mente a Dios con alguna oración.
La postura del sacerdote, su disposición a dialogar con Dios lo que lee, su calma en la lectura, su actitud de detenerse a menudo para reflexionar lo que lee, deben conformar ese tiempo como un tiempo de adoración: se está uno internando en la ciencia de Dios.
La lectura debe ser calmada. Uno busca saborear. La teología tiene que provocar deleite. La lentitud es la consecuencia de entender que no es una lectura más, sino una lectura sagrada (por el modo) de un texto sobre un tema sagrado (la ciencia de Dios).
Si un libro me lleva a conocer más a Dios o las cosas alrededor de Él, bien. Si veo que el autor se pierde en erudiciones que me resultan inútiles, mejor es dejarlo: la lectura será infructífera. Un libro que dedique cien páginas acerca del campo semántico de la palabra “logos” en los Santos Padres, puede ser útil para algún profesor, pero no para un sacerdote común.
Si el autor se pierde en laberintos de tipo lógico que me resultan bellas construcciones lógicas, pero carentes de utilidad, mejor es dejarlo: la lectura será infructífera. Un autor neoescolástico que dedique cien páginas al conocimiento inductivo de los entes espirituales, probablemente resultará inútil para un presbítero común.
Uno puede descubrir que, desgraciadamente, el 40% de sus lecturas teológicas transcurre a través de selvas de palabras que son aburridas y que carecen de cualquier utilidad para mí.
Todos entendemos lo que es la lectura espiritual. Lectura de obras para bien del propio espíritu: santa Teresa de Jesús, san Juan de la Cruz, santa Teresa de Liseaux, La parábola del hijo pródigo, Relatos de un peregrino ruso, vidas de santos y obras compuestas por ellos. Pues bien, si entendemos lo que es la lectura espiritual, hay que intentar que las lecturas teológicas sean hechas con esa actitud y, al final, tengan también ese efecto.
Una es la lectura espiritual y otra la lectura teológica, son dos campos. La primera edifica el alma, la segunda forma el intelecto. Ahora bien, se puede hacer la lectura de esos textos del segundo campo, buscando sobre todo y ante todo a Dios.
La lectura teológica se puede hacer para buscar aprobar un examen, para buscar la erudición, para preparar una charla. O se puede hacer para buscar el propio bien. Tener claro que las lecturas tienen este fin induce a preferir un tipo de autores y lecturas, y a postergar otros. Induce a buscar los grandes textos, los más profundos, y a desechar lo más superficiales, los que son más vanos. Hay una teología más vana, más superficial, y otra más profunda.
Ejemplo de lectura profunda pueden ser Las confesiones, el De Trinitate de Tertuliano, la primera parte de la Summa Theologicaque trata de Dios, y, en general, todos los tratados clásicos De Deo Uno et Trino; el de Michael Schmaus, por ejemplo. Grandes manuales como el tomo I y II de Teología moral para seglares, de Antonio Royo Marín O.P. Un buen tratado de metafísica, por ejemplo el de la Universidad de Navarra. Los Santos Padres de los primeros siglos. Una buena vida de Lutero como los dos tomos de Ricardo Villoslada S.J., tan entretenida, como profundísima dogmáticamente. La lista de libros podría seguir con muchos más títulos.
Solo entonces, solo cuando la mente ya está sólidamente formada en la base dogmática, en una nítida ortodoxia, uno puede completar sus lecturas con autores centroeuropeos del siglo XX, para observar sus aciertos y perspicacias, sin que perjudiquen su poco amor al magisterio. Solo entonces uno puede leer a autores evangélicos, anglicanos y ortodoxos orientales.
He de confesar que suelo leer con más placer las exégesis de los mejores autores evangélicos (al menos creen en la inerrancia) que la de aquellos autores católicos que tratan el texto como si no fuera sagrado.
En el campo católico, observamos a autores que dotan a su reflexión de una mayor sacralidad. Mientras que otros autores, aunque también sean católicos, hacen una teología más mundana, menos consistente y más ligera.
Para que el que realiza una lectura orante de la teología no importa el número de libros que lee. A veces un libro, uno solo, puede convertirse en una inmensa región que recorrer una y otra vez. No hay que tener prisa en pasar a otro libro, mientras el fruto de uno siga siendo grande.
En la lectura orante, es muy bueno parar a meditar lo leído, a dialogarlo con Dios. En una lectura orante, no hay mucho interés en tomar apuntes. Lo importante es aprovechar el momento. Las anotaciones no tienen otro interés que tomar algún pensamiento para llevarlo a la oración. Y, después de la oración, a la predicación.
Se establece así una magnífica relación entre lectura-posterior meditación ante el sagrario- predicación. Cuando un sacerdote predica algo que ha estado meditando varios días, normalmente, ese sermón resulta sublime.
El estudio orante de la teología llena de contenido la oración, hace que conozcamos más a Dios; también la moral, la historia de la Iglesia, la liturgia y todas las disciplinas. Y eso llena de material la predicación. Al final, el estudio de la teología cambia a mejor la vida del presbítero que se convierte en el sacerdote que cultiva la ciencia de Dios.
Todo esto no tiene nada que ver con el modo en que normalmente se estudia la teología en la licenciatura y el doctorado. Lo que he visto no tiene nada que ver con lo que acabo de describir. Tantos casos he visto en que solo se busca pasar los exámenes, en que se sienten sumergidos en archivos inútiles, o que se están pasando la vida buscando “palabras” que ofrezcan un alto nivel de erudición. De ahí que muchos doctorandos estén nerviosos, de mal humor, con sensación de que su trabajo no vale para nada y salgan de Roma sin amar más la teología. Y lo que es peor, que muchos de ellos perpetúen un estudio seco de la teología.
Ni se envía a los más adecuados a estudiar. Ni los más inteligentes son siempre los más adecuados como profesores. Siempre hay un tanto por ciento de estudiantes que están allí sin ningún gusto por la ciencia sagrada.
Este estudio seco, industrial, colectivo, nada tiene que ver con el estudio solitario de un párroco en su rectoría, bajo la guía de un sabio sacerdote; y, mejor todavía, bajo la guía de un santo y sabio sacerdote.


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