El solideo como símbolo de autoridad, de prudencia, de sabiduría

Hoy se ha comunicado a los medios una noticia sorprendente: todos los obispos de Chile han presentado la renuncia al Papa.
Ante semejante hecho, me gustaría escribir algo que no fueran lugares comunes, algo que no fueran las mismas reflexiones de siempre.
La tarea más importante de este papa es reformar enteramente los criterios por los que es escogen obispos en la Congregación para obispos. Unos criterios tales que requieren, necesariamente, de la renovación paulatina, pero urgente, de muchos de los integrantes de esa congregación. Los antiguos criterios han conformado la creación de un cuerpo de “oficiales, monseñores y consejeros” que siempre han seguido esos criterios y han sido, ellos mismos, elegidos según esos criterios. Para ellos resultará imposible actuar y ejecutar según los nuevos criterios, porque lo harían según la antigua mentalidad.
Pero cualquier reforma en esa congregación, por profunda que sea, será temporal, mientras no se reforme el mismo colegio cardenalicio. El análisis de esta situación ya lo abordé en detalle, con la profundidad que merece, en mi obra Colegio de pontífices. Obra que se complementa con Las llaves del león.
Cualquier reforma de la Congregación de obispos será temporal, si no se reforma el Sacro Colegio, pues, antes o después, la cosmovisión eclesial de los purpurados se acabará imponiendo a los individuos, por excelsos que sean, que se hayan colocado en la congregación como faro y luz de un nuevo modo de hacer las cosas.
De hecho, el Sacro Collegio ni siquiera necesita entrometerse en el hacer de la congregación. Ya que su parecer se impondrá por la vía papal, dado que ellos escogen al obispo de Roma.
Los problemas que analizo en mis dos obras resultan insolubles, mientras no se aborde una reforma mucho más profunda, de mayor calado, con miras a más largo plazo. Mientras eso no se produzca, cualquier cambio será mucho más limitado de lo que puedan imaginarse sus autores, por más que estén movidos de la mejor voluntad y de las mejores intenciones.
Mi visión de toda esta cuestión para nada es pesimista. El episcopado lleva un claro camino de purificación y mejora que proviene del siglo XVI. Pero no hemos llegado al final del camino. Se ha logrado mucho, muchísimo. 

Aprendí tanto acerca del episcopado norteafricano del siglo V al documentarme para mi libroLa catedral de san Agustín, y os aseguro que tenemos los mejores cardenales de la Historia; y que el episcopado actual es el mejor desde los tiempos gloriosos de los primeros siglos. Pero debemos seguir reformándonos. 

Yo mismo me llevo reformando desde hace años, con avances y retrocesos. Pero, sea como sea yo, tengo muy claro cómo debo ser. Lo mismo le sucede a la Iglesia: la sencillez y pureza del Evangelio.


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