Reforma de los estudios eclesiásticos (cuarta parte)


Sigue de ayer. Quizá el sistema mejoraría si se hiciera lo siguiente. Tras los cinco años de seminario, vendrían dos verdaderos años de pastoral viviendo en las parroquias. Esto no siempre se respeta en todas las diócesis. Hay casos en que esos dos años se transforman en otros dos años de estudios.
Después vendrían entre cinco y diez años solo de trabajo parroquial. En esos años se favorecería el estudio bajo la guía de sacerdotes venerables. Media hora al día, o tres horas a la semana, como cada uno vea. Pero eso como máximo. El estudio es un elemento añadido a la vida de un sacerdote, no es su vocación principal.
Esos hombres sabios que guían a los hermanos sacerdotes en la ciencia de Dios estarían atentos a discernir quiénes pueden ser los más indicados para estudiar la licenciatura. Decidir quiénes son los más adecuados no dependería de una decisión del rector (como ahora), decisión en la que se supone que intervienen otros formadores. Pero eso, en no pocos casos, no es así.

La decisión debería tener lugar entre cinco y diez años después de la ordenación. Y en la selección estarían implicados los arciprestes (entendido el arcipreste como dije que debería ser esa figura en mi exposición de la reforma de la figura del decano en mi libro Ex scriptorio), también estarían implicados los sacerdotes sabios encargados de guiar el estudio de sus hermanos sacerdotes, y, por supuesto, otros sacerdotes según el caso: compañeros, los que van a trabajar con él en la curia, etc.
El sistema puede parecer impreciso, y realmente lo es. Lo único claro es que debe haber una decisión dialogada, no entre el obispo y el candidato, sino entre los vicarios episcopales y los que han estado al lado de ese sacerdote. En el sistema actual las cosas se deciden en una mesa del obispado en una conversación entre el obispo y los vicarios episcopales. El resultado es que las decisiones se toman por impresiones. Démonos cuente de que de esas decisiones parte el magma del que surgirán todos los obispos de la Iglesia. El punto de partida son las impresiones. Casi siempre, ninguno de esos vicarios tiene un trato cercano a la persona acerca de la que se discute. Una vez más se cumple la regla que todos los teóricos han señalado: la importancia de la cercanía al poder.
Todas las cualidades de los neosacerdotes de una diócesis siempre quedan eclipsadas ante cuestiones aleatorias como el que un neosacerdote hizo un año de pastoral en la parroquia de un vicario episcopal. Situaciones de este tipo siempre pesan más que características objetivas. Todo esto requiere una racionalización del sistema y una espiritualización del esquema organizativo.
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