Concelebré en tres misas de la catedral de Santiago


De mi viaje a Santiago recuerdo la buena compañía. La compañía es siempre el 90% del placer de un viaje. El otro 10% siempre es lo mismo: piedras, árboles y el mismo cielo que cualquier otra latitud.
Los ingleses son los mejores haciendo estupendas películas de viajes victorianos. Y hace ya un siglo que se han dado cuenta de lo bueno de una película así son los personajes, sin importar si están a bordo del Orient Express o en un barco que remonta el Nilo.
Los viajeros miran el programa del viaje, como si alguien pudiera distinguir entre una isla griega y otra, como si alguien pudiera distinguir entre Chipre y Túnez.  Las agencias deberían proporcionar mejor programas de acompañantes: ir adonde sea con alguien parecido a Marguerite Yourcenar, ir adonde sea con una imitación barata de Alberto Manguel, ir adonde sea con una versión más diluida de Umberto Eco.
Yo con mis acompañantes fui plenamente feliz. Aunque una ostra, envidiosa de nuestra dicha, decidió intoxicarme. Todo se resolvió con una diarrea de tres días.
Al día siguiente de llegar a casa, llegó el verano a España. El buen tiempo se había olvidado de este país. Sigo con mi libro sobre las plagas, hoy he acabado la octava. Escribo y escribo, pero nada me alegra más que encontrarme con mis lectores. En Santiago me encontré con varios. Uno de ellos era un monje de rito oriental. Jamás me lo hubiera imaginado. Es curioso, ya os lo he dicho alguna vez, con lo que más disfruto es escribiendo novelas. Pero lo que más influye en la gente son los libros en los que hablo de teología.
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