Entre la restauración y la extinción



Hoy he hojeado un buen rato el libro de Francisco Delgado Calvo sobre los prebendados de la Iglesia Magistral de Alcalá de Henares, que es, actualmente, la catedral de la diócesis. Se nota que el autor es tan erudito como trabajador. No todos los autores lo son, ni lo uno ni lo otro.
Me ha hecho gracia que en unas ordenanzas de 1481 se dice que muchas veces accaesce que los beneficiados de las iglesias se entrometen en el choro a decir y a rezar sus horas canónicas. ¿Qué significaba esto? Pues, lo siguiente: Algunas veces, llegaba la hora de, por ejemplo, ir al coro al rezo de vísperas; y al sacerdote le faltaba rezar la hora nona. Había tenido trabajo, compromisos sociales, lo que fuera, y no la había podido rezar antes. Y, como el rezo coral de los sacerdotes presentes era cantado y, por lo tanto, mucho más lento que el mero recitado, él sentaba en su escaño e iba rezando de su breviario la hora de nona. Una vez acabado el recitado en voz muy baja de esa hora, seguía con vísperas. Y cuando alcanzaba la parte que el resto de los canónigos estaban cantando, él se unía al canto y proseguía con ellos.
Hay que hacer notar que el rezo cantado de una hora canónica duraba casi tres veces más de tiempo de esa hora meramente recitada. Haciendo eso, cumplían con la asistencia al coro (que para ellos era una obligación) y ahorraban tiempo, al unir dos horas canónicas.
¿Qué sucedía con eso? Pues lo dicen las ordenanzas: Ca en tanto que rezan, cesan de cantar muchas veces. El original dice “ca”. Así que hubo que tomar cartas en el asunto y prohibir esa mala praxis totalmente.
Otra línea que me ha llamado la atención de esas mismas ordenanzas es la que prohíbe: Que al tiempo de las procesiones y de la misa mayor no digan missas en la iglesia.
Sí, resulta sorprendente que se simultanease la misa mayor con misas en las capillas. Resulta evidente que, tratándose de la misa mayor, todos, clero y pueblo, se uniesen en la más solemne.
Leyendo el libro, he recordado que cuando se funda el cabildo en 1479: había cuatro dignidades, diez canónigos y seis capellanes. Las dignidades eran las de abad, tesorero, capellán mayor y chantre.
Hay un sacerdote de esta diócesis (que lleva sotana, no diré más) con el que llevo tramando complots para la restauración del cabildo de nuestra catedral. Aunque, en realidad, habría que hablar de “revivificación”, porque quedan tres canónigos vivos. Pero el más joven de ellos ya atravesó la barrera de los 80 años hace mucho.
Así que nuestra lucha (mein kampf) por la revivificación capitular es una lucha contra reloj. Estamos situados a medio camino entre la revivificación y la extinción. Menos mal, ¡menos mal!, que pocas especies son tan resistentes, tan longevas, tan aferradas a la vida, como la de los canónigos. Los científicos harían muy bien en tratar de descubrir el “gen canónigo”.
Creo que el verano podría ser un buen tiempo para volver a tramar algún contubernio que lleve a dotar de cabildo a la catedral.
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